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Tal y como siglos antes hicieran los ocho religiosos, el candidato juraba ‘lealtad y honor, por la verdadera Fe’ arrodillado ante la tumba del primer Papa, San Pedro. Con ocho cirios ardientes como única iluminación, cada miembro del Octogonus, se postraba ante la tumba de Pedro y juraba guardar silencio, sobre las decisiones marcadas por el Gran Maestre del Círculo; acatar todas las decisiones del ‘Círculo Octogonus’ sin poner en duda la fe de Cristo, nuestro Señor; salvaguardar al Sumo Pontífice reinante de las decisiones adoptadas en los consejos del ‘Círculo Octogonus’; y morir, si fuera necesario, para salvaguardar la identidad del Gran Maestro, del resto de los miembros del círculo, sus decisiones u objetivos. Al final de la ceremonia, el nuevo miembro del ‘Círculo Octogonus’ se levantaba tras pronunciar las palabras: “Que Dios y nuestros santos, me ayuden en esta labor. Juro” y de un soplido, apagaba uno de los ocho cirios. |
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